1-Aquel viaje
12 octubre 2009

Bijeljina a principios del Siglo XX
A principios de los treinta, Bijeljina era una ciudad tranquila. Una rica zona agrícola rodeaba al área urbana y la tierra, una de las más fértiles de aquel país desaparecido que se llamaba Yugoslavia, permitía a sus habitantes una vida cómoda. Formalmente estaba en territorio de Bosnia, aunque en cinco o seis horas se podía llegar a Belgrado, la gran capital.
En Bijeljina había unas ciento cincuenta familias judías perfectamente integradas a la comunidad: en un pueblo en el que todos se conocían, tenían su templo y vínculos amistosos con la vecindad. Nadie vivía en un ghetto, o separado, y en las calles se mezclaban los chicos de diferentes religiones sin que mediara la violencia.
En ese barrio nació Guedalia, mi padre. Era el hijo menor de trece hermanos que habían crecido al amparo de una prosperidad que resultaría truncada por la Segunda Guerra Mundial. Pero para eso todavía falta. Por entonces, la familia Danon era una referencia importante para aquella gente tan distinta entre sí. Habían llegado hacía siglos como mercaderes. Luego de siglos de convivencia, habían ganado la suficiente confianza para comprar propiedades. Algunos Danon, como mis abuelos, habían puesto tiendas donde se vendían géneros. Otros, como los primos de mi padre, habían preferido la hotelería –los dos hoteles más importantes de allí eran suyos- y hasta tenían la única sala de cine que había en los alrededores.
Esto de afincarse en un lugar era bastante novedoso, porque los judíos generalmente se dedicaban a ser médicos, comerciantes o artistas, de manera que pudieran escapar con facilidad si a alguien se le ocurría empezar a perseguirlos. Si eran músicos, por ejemplo, no tocaban el piano. Preferían la guitarra, el clarinete o el violín, porque ante cualquier apuro podían enfundarlos y cargarlos en la huida. El mismo motivo hacía que prefirieran guardar la plata más que acopiar propiedades: tras incontables escapes, el judío sabía que no debía perder todo si le quitaban los bienes materiales. Claro que Guedalia no se preocupaba por eso. Era el menor de trece hermanos, y eso le permitía ser el mimado del hogar y codearse con muchos bielineses distintos. Incluso tenía amigos Schvabos, es decir alemanes que se habían radicado allí en épocas del Imperio Austrohúngaro. Uno de estos amigos se llamaba Laitin Berg, y –como ya van a ver- aparecerá otra vez en esta historia.

Los lugareños eran distintos entre sí, pero convivían (tarjeta postal de 1912).
La paz de los Danon sufrió un sacudón el día en que los padres de Guedalia, mis abuelos paternos, fueron al cementerio. Al volver sus caballos se desbocaron, y el carro en el que viajaban cayó al río. Murieron los dos, y desde entonces los hermanos mayores pasaron a ser una especie de asamblea que funcionaba como autoridad de nuestro hogar. A pesar de la tragedia, las cosas continuaron más o menos bien. Tanto que en 1933, cuando mi padre ya era un muchacho, pudo ir a Jerusalem para conocer la tierra de sus ancestros. El destino quiso que a la vuelta de ese paseo conociera a Dona, mi madre.
De alguna manera también yo soy hijo de aquel viaje.