2-Dona y Guedalia

13 octubre 2009

Dona y Guedalia (derecha), el día en que se conocieron.

Dona y Guedalia (derecha), el día en que se conocieron.

Para leer desde el principio, hay que empezar por ésto.

“Me gustaría detenerme un segundo para contarles lo que los judíos sentíamos cuando pensábamos en aquellas tierras que mi papá quiso conocer. Una de las cosas que se decían en tiempos de fiesta –y algunos siguen repitiendo aún hoy- era la frase “que el año que viene nos encontremos en Jerusalem”. Es que cada uno de nosotros hacía lo posible para, de alguna manera, llegar al muro de los lamentos, tocarlo y abrir las puertas a esa tranquilidad en el alma que percibo aún hoy cuando ando por ahí.

Quien viva en Argentina -o donde sea- acaso no sepa hasta que punto una calle, un aroma o un tono de voz pueden ser parte de su identidad. Pero si anda por Afganistán o Francia y de pronto siente un tango y el olorcito a asado, inevitablemente querrá acercarse para ver si por ahí anda algún paisano. Algo más o menos así es lo que sentíamos los judíos, con el agravante de que habíamos sido expulsados en el año 400 y no parecía haber chances de regresar algún día.

Pero volvamos a mi padre. Como les contaba, decidió ir a Jerusalem. Hoy el trayecto nos parece un poco complicado, aunque para ellos debe haber sido el colmo de la comodidad. De hecho, había trenes como el Simplon Express, que conducían a Turquía entre lujos y paisajes hermosos. Desde Estambul había que tomar un barco hasta Yafo, el centro urbano que con el correr de los años se fusionó con la ciudad de Tel Aviv. El trayecto hasta ahí tomaba más o menos unas semana. Para alcanzar Jerusalem se requerían otros seis o siete días por tierra. Pues bien, parece que después de tanta visita a lugares sagrados mi papá quiso darse una vuelta por Estambul para divertirse un poco. Alguien le había contado, además, que quizá encontrara ahí a algún ala turca de los Danon.

Y efectivamente, en Estambul vivía mi abuela, que ya no tenía el apellido porque se había unido en matrimonio a la familia Behar. La abuela tenía cinco hijas ¡Cinco! Imagínense: una señora tiene en casa semejante cantidad de mujeres solteras y de repente aparece un joven con pinta que encima está en buena posición. Era un candidato ideal, y mi abuelo tampoco vio con malos ojos al recién llegado. Aún siendo doctor, el viejo no dejaba de tener cierta admiración por aquellos judíos yugoslavos que desde hacía siglos se dedicaban con éxito al comercio.

Por su parte -ni lerdo ni perezoso- Guedalia le había echado el ojo a una de las chicas, Dona. Las décadas, las persecuciones y las guerras no han impedido que conserve la foto del día en que se conocieron. Fue en la iglesia de Aya Sofía, que aún hoy se considera la obra arquitectónica más importante del imperio Bizantino. Un lugar ideal para que dos personas empezaran a quererse.”

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